La llave de la saliva

Se preguntaba por qué el cuerpo de su saxo alto no tenía una llave para la saliva, como en algunas trompetas que había visto. No sabía si era porque el saxo pertenece a la familia de viento madera. No entendía por qué los saxos pertenecían a esa familia, si todos los que había visto eran de metal. Tampoco conocía qué objetivo tenían muchas de las llaves que no usaba nunca cuando ensayaba.

El caso es que quería una llave de esas, porque cada vez que acababa de tocar, odiaba tener que limpiar a conciencia el saxo por dentro.

Ya no recordaba su interior sin soledad. No creía que su situación fuera a mejorar, aunque pensaba que no estaba mal del todo. Pero esa soledad… le estaba matando. Al principio la llevaba bien, creyendo que estando así se convertiría en alguien con la personalidad muy profunda. Pero realmente deseaba otra cosa para sí mismo. La melancolía que sentía a diario se había aglomerado en su pecho desde hacía tiempo, y nunca le abandonaba.

Aquel día, subió a la azotea de su edificio. Montó el saxo con mucha delicadeza; tanto, que recordó la primera vez que unió las piezas tras comprar el saxo en un gesto impulsivo. Vio que dentro del maletín donde lo guardaba (que estaba muy nuevo aún) se encontraba su cuaderno de partituras de principiante. Se dio cuenta de que no había llegado ni a la mitad.

Pero le daba igual. Iba a destruir el cielo de aquella noche despejada. Iba a levantar una catedral de vibraciones. Iba a tocar más fuerte que nunca.

Sopló con todas sus fuerzas. Las notas no seguían ninguna escala, a simple vista parecía que no tenía sentido lo que tocaba, pero se podía apreciar perfectamente la melodía que tenía en su cabeza. No se escuchaba nada más, se podían observar los coches bajo el edificio avanzar como siempre, pero no hacían ningún ruido. Sopló con todas sus fuerzas, y todo para guardar ese volumen inconmensurable de aire y todo el cielo de aquella noche en su interior.

No volvió a tocar nunca más. No le hizo falta.

Mi pie

He tenido un sueño. Una cuchilla muy afilada me ha cortado los 5 dedos del pie por la mitad, aunque conformaban un sólo pedazo de músculo que no sangraba. Pero dolía, y mucho. Si cogía con mis manos el trozo de carne y lo juntaba con mi pie, notaba como muy lentamente se iban fusionando poco a poco. Pero no podía estarme quieto mucho tiempo y se me terminaba separando del cuerpo. Por suerte, he encontrado pegamento para dedos cortados. Lo he utilizado y en unos minutos he notado cómo mi pie volvía a la normalidad.

¿Que de qué iba el sueño? No me acuerdo.

La ventana: Adrenalina (3)

Sentía cómo sus dedos no podían más. Pensaba en cómo sería la caída de 5 pisos, si se le haría corta o larga. No tardó en comprobarlo. Sus dedos sudorosos se despegaron de los barrotes, la brocha con la que pintaba golpeó el quicio de la ventana pintándole parte de la cara. Se alejaba de la ventana con los brazos totalmente estirados; sus pies se despegaron de la cornisa. Voló. Sentía un cosquilleo por la barriga, la adrenalina por todo su cuerpo. Y se estrelló contra el suelo. Primero sus hombros, después el resto de su cuerpo.

La ventana: Guitarra (2)

Mirando sus dedos con los ojos casi fuera de sus cuencas, se acordó de sus clases de guitarra en Ambato. Sentía cómo sus sueños se habían ido esfumando a lo largo del tiempo. Luego pensó que ya había pensado muchas veces en esto mismo, y que siempre creía que iba a empezar a hacer algo para cambiarlo, aunque al final nunca hacía nada. Pero estaba segura de que si conseguía salir de ésta, todo cambiaría. Y seguía dando golpes en los barrotes con la brocha.

La ventana: Brocha (1)

Él estaba tranquilamente viendo la tele en el salón de su casa. Su prima ecuatoriana estaba por la parte exterior de la ventana, agarrada sólo con una mano y con los pies apoyados en la mugrienta cornisa. Se dio cuenta de que le costaba más salir de lo que pensaba. Como no podía hablar desde los 6 años tras aquel accidente (como le llamaban algunos), empezó a dar golpes en los barrotes con el palo de la brocha. Se estaba manchando de blanco el pantalón del chándal pero eso nada importaba ahora. Podía oir las carcajadas de su primo viendo algún programa absurdo de la tele. Sus dedos empezaban a perder la fuerza.