Se preguntaba por qué el cuerpo de su saxo alto no tenía una llave para la saliva, como en algunas trompetas que había visto. No sabía si era porque el saxo pertenece a la familia de viento madera. No entendía por qué los saxos pertenecían a esa familia, si todos los que había visto eran de metal. Tampoco conocía qué objetivo tenían muchas de las llaves que no usaba nunca cuando ensayaba.
El caso es que quería una llave de esas, porque cada vez que acababa de tocar, odiaba tener que limpiar a conciencia el saxo por dentro.
Ya no recordaba su interior sin soledad. No creía que su situación fuera a mejorar, aunque pensaba que no estaba mal del todo. Pero esa soledad… le estaba matando. Al principio la llevaba bien, creyendo que estando así se convertiría en alguien con la personalidad muy profunda. Pero realmente deseaba otra cosa para sí mismo. La melancolía que sentía a diario se había aglomerado en su pecho desde hacía tiempo, y nunca le abandonaba.
Aquel día, subió a la azotea de su edificio. Montó el saxo con mucha delicadeza; tanto, que recordó la primera vez que unió las piezas tras comprar el saxo en un gesto impulsivo. Vio que dentro del maletín donde lo guardaba (que estaba muy nuevo aún) se encontraba su cuaderno de partituras de principiante. Se dio cuenta de que no había llegado ni a la mitad.
Pero le daba igual. Iba a destruir el cielo de aquella noche despejada. Iba a levantar una catedral de vibraciones. Iba a tocar más fuerte que nunca.
Sopló con todas sus fuerzas. Las notas no seguían ninguna escala, a simple vista parecía que no tenía sentido lo que tocaba, pero se podía apreciar perfectamente la melodía que tenía en su cabeza. No se escuchaba nada más, se podían observar los coches bajo el edificio avanzar como siempre, pero no hacían ningún ruido. Sopló con todas sus fuerzas, y todo para guardar ese volumen inconmensurable de aire y todo el cielo de aquella noche en su interior.
No volvió a tocar nunca más. No le hizo falta.